Recuerdo que era una tarde de domingo,habìa mucha expectativa en la sociedad porque se tomaba un poco como la revancha por el tema Malvinas (está claro que un partido no se puede equiparar con la tragedia de la guerra).
Durante el mundial no tenía un lugar fijo donde había visto los anteriores partidos. Ese día estaba junto a mi viejo en el comedor de mi casa. Él sentado a mi izquierda, ubicado de frente al televisor del lado hacia donde se dirigía Maradona desparramando ingleses con camisetas blancas.
Cuando el gran Diego empezó a gambetear, mi padre como un desaforado (no lo era) empezó a gritar..."¡Mirá! ¡Miráá! ¡Mirááá!", a medida que el genio dribleaba inglés a inglés con unos sencillos movimientos de cintura, tobillo izquierdo y dando saltos hacia la inmortalidad.
El "Mirá" de mi viejo se incrementaba y aumentaba de tono hasta que la pelota ingresó en el arco. Tras el gol, con la respiración agitada, dijo: "¡No lo puedo creer!", repitiéndolo una y otra vez, absorto y maravillado por lo que había creado nuestro Dios futbolero
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